ENSAYO:
“IDENTIDAD, APROPIACIÓN, RELACIÓN. INTERVENCIONES EN LA CIUDAD CONTEMPORÁNEA”

LEMA: CITTÁ APERTA
JORGE G. DE LA CÁMARA

Realizado en el marco de METRÓPOLIS. Postgraduate Program in Architecture and Urban Culture.
(cccb – UPC 2002-2003)

La ciudad es sede conflictiva de las relaciones sociales y de la definición del individuo. Lo que no se hace presente en la misma no llega a tener carta de ciudadanía, no adquiere el reconocimiento y el derecho de existencia. Este espacio de presentación y representación no conforma un apacible campo de encuentro, sino más bien un intrincado damero social donde cada movimiento afecta a la totalidad de la partida. Con una desorden diferenciador respecto al ajedrez: en este caso las fichas son reemplazadas, sustituidas, alteradas y superpuestas hasta abarrotar el tablero. Es más, aunque el espacio físico sea único, las trazas que gobiernan los movimientos del juego también se entrecruzan y confunden, superpuestas y alteradas hasta entretejer una confusa red en la que apenas se distinguen parcialmente los caminos.

Esta condición de caos hipertextual en que deviene el espacio urbano resulta particularmente problemática por la herencia contradictoria de la modernidad. El sueño de la razón universal, del orden y de la justicia, intentó construir ciudades perfectas para una sociedad que por asimilación alcanzaría ese mismo grado de perfección. Hoy esto aparece como una utopía imposible o una nostalgia irrecuperable, cuando no como un perverso acto de dominación. El vértigo de la libertad y la vibración de conflicto –presentes, por otro lado, en el reverso de la modernidad y tan firmemente anclados a la misma como su cara más presentable- son, de hecho, una de sus vetas más fecundas, hasta el punto de convertirse en una componente definitoria de la realidad metropolitana.

Este ensayo expone la capacidad de generar conflictos –sociabilidad y, por tanto ciudad- desarrollada a partir del concepto de las identidades. La definición de las mismas es tarea compleja que debe reconocer intereses, convergencias y manifestaciones continuamente traslapadas. Sería irreal cuando no falseador hablar de grupos homogéneos en un contexto marcado por la dispersión, la impredecibilidad y lo fluctuante, donde sucesivas superposiciones e imbricaciones nos conducen a una realidad intrincada y compleja.

Y, sin embargo, la sinécdoque de la identidad, la parte por el todo, la simplificación de lo complejo en una imagen sin embargo aglutinadora, es una hecho real –y en ocasiones voluntariamente simplificado- que provoca formas de apropiación y consecuentemente conflictos de relación en la ciudad. Establecer sus distintas categorías sería a la fuerza irreal e insuficiente. En nuestro caso hemos optado por trazar un marco abierto para abordarlas: identidad nacional, religiosa, social o individual. Otros posibles ejemplos –la racial, la política, la definida por la pertenencia a una generación particular - pueden ser encuadrados con relativa precisión dentro de aquellas. No importa tanto encontrar una clasificación en la que no creemos por su carácter reduccionista, como precisamente evidenciar dicha limitación.

Si la identidad es la cualidad de lo idéntico, de lo completamente igual, de aquello que, punto por punto no alberga diferencia alguna en el intrincado helicoide que conforma nuestro código genético o en el no menos confuso mapa de relaciones y afectos que gobierna nuestros sentimientos, entonces es evidente que la identidad no existe entre los hombres. En ese caso uno sólo podría ser –y no sin esfuerzo- idéntico a uno mismo. Y, sin embargo, hacemos también uso de la palabra para indicar aquel conjunto de vivencias, historias, mitos, rasgos y peculiaridades que definen a un grupo de personas y –lo que es más importante- lo diferencian del resto.

La identidad sólo tiene sentido como respuesta ante lo otro. Si éste no existiera, aquella se disolvería inapreciada. Los caracteres definitorios de la identidad siempre son particulares, privativos de cada grupo, tanto más cuanto más lo diferencien de su vecino. Las señas de identidad así entendidas nunca son universales sino delimitadoras. En el extremo, llegan a ser excluyentes. No se es –cuando se es- religioso, sino cristiano y si nos apuramos, católico, que es el único credo “auténtico”.

Además, la identidad no sólo funciona como mecanismo introspectivo de una comunidad, sino como método de clasificación y entendimiento del mundo. En este sentido, no sólo nos encargamos de construir el discurso de nuestros propios rasgos, sino el de los demás. Cada grupo, cada cultura, cada entidad identitaria tiene una idea más o menos acertada o ficticia de aquellas otras que, dentro de su ámbito, la acompañan o con las que compite. Este mecanismo puede llegar a alimentar un proceso de definición propia basado en la mirada ajena: somos cómo nos ven desde fuera, nos convertimos en una réplica de nosotros mismos pasada por el tamiz del forastero para así responder a sus deseos y expectativas. Para concurrir en el gran mercado de las identidades con nuestra imagen de marca reforzada conviene no defraudar demasiado las peculiaridades de nuestro exotismo.

Parece ocioso indicar que esta forma de entender la variedad del mundo, de sus culturas, credos y perspectivas resulta reductiva. El uso de la misma es parecido al de la sinécdoque, nombrar el todo a través de una de sus partes, la que se entiende más representativa, más definitoria. Sin embargo, estas sinecdoques se ha convertido en “trincheras de resistencia en nombre de Dios, la nación, la etnia, la familia, la localidad, esto es, las categorías milenarias de la existencia humana” amenazadas ante un mundo globalizado

Paradójicamente, esta simplificación es particularmente operativa en el mundo globalizado, pero también contradictoria. Si resulta cómodo, fácil, establecer estos marcos donde enmarcar determinadas manifestaciones para su más rápida digestión, al mismo tiempo la comunicación, los flujos, el mestizaje han provocado la explosión de dichos marcos para la reelaboración de cada particularidad a base de fragmentos. Es más, la rapidez del mundo nos obliga a una continua reinvención si no queremos quedar al margen de los vientos caprichosos de la moda que, hoy más que nunca ventean culturas, religiones y patrias.

Por ello, la respuesta no está en una negación del potencial creativo y de entendimiento que contiene la idea de identidad, sino en dar un paso más allá que nos sirva de plataforma para encontrarnos con los otros asumiendo su radical diferencia. Esto sólo puede hacerse si albergamos la creencia de una semejanza entre seres humanos por encima de lo que nos separa. Difícil convicción que sin duda no superara encuestas excesivamente inquisitivas. En todo caso conviene no olvidar los riesgos que corremos al negarnos a entender al otro en un mundo que estamos obligados a compartir.

La apropiación es la materialización de la identidad. De la misma manera que ésta no pueden ser claramente delimitada, tampoco aquella sigue pautas reconocibles. Además, su aceptación varía considerablemente, en ocasiones autorizadas por el poder hegemónico –como las vinculadas a la imagen histórica de la ciudad, determinadas celebraciones efímeras o apropiaciones basculantes asociadas a consumos regulados por la moda - mientras que en otras son vistas como claramente opuestas al statu quo –las debidas a flujos migratorios que buscan abrirse ámbitos propios o aquellas otras estrategias de apropiación forzada-. En todo caso, dentro de cada caso se pueden detectar ejemplos cuyo objetivo parece encaminado a ampliar las dimensiones de lo urbano mientras que en otras ocasiones lo que se pretende es reducir al máximo sus márgenes.

Las identidades se materializan en la ciudad a través de la apropiación. El primer gesto en la fundación de una ciudad consistía en la sacralización de su territorio. Así, no sólo los dioses se hacían convecinos de la misma, sino que la amueblaban con los valores de la cultura que los veneraba. Nuestro siglo, mucho más prosaico, tiene sin embargo necesidad de semejantes arreglos decorativos. El problema es que no todos compartimos los mismos gustos.

¿Quién es el propietario de la ciudad? Como defiende Deyan Sudjic, “urban communities are more symbolic expressions than physical realities”. No le resulta difícil a este autor desenmascarar la idea de que la ciudad es una entidad dinástica transmitida de generación en generación desde tiempos inmemoriales y que, por tanto, presupone derechos hereditarios. Basta con hacer un rápido estudio del censo.

Apropiarse de un lugar significa tomarlo para uno. Como la ciudad es una entidad compartida, esto no siempre implica la exclusión del resto de los habitantes de una determinada área, aunque sí una pérdida de peso e importancia. Sin embargo, la visibilidad de un grupo recién llegado necesariamente conlleva estos reequilibrios. En ocasiones se pueden fusionar en la propia vida del conjunto y unos y otros salen beneficiados con un enriquecimiento. En otros casos se reacciona con miedo u hostilidad y la apropiación, considerada ilegítima, es combatida con vehemencia.

No siempre son las minorías las que tienen necesidad de apropiarse de un espacio y en ocasiones, es el propio poder ya establecido el que alimenta su crecimiento con semejantes mecanismos. El estado socialdemócrata permite de esta forma ampliar su acción solidaria. Sin embargo, el creciente estado liberal ha auspiciado una fagocitación progresiva del espacio público en beneficio del mercado. De estas nuevas formas de organización espacial, por supuesto, quedan excluidos conflictos y divergencias: todo se homogeneiza ante el poder ubicuo del consumo.

Además, si bien la apropiación en la ciudad busca el dominio del espacio, también se intenta domesticar el tiempo. Y no porque en ocasiones se realice periódicamente y con fecha anunciada, coincidiendo con momentos conmemorativos que sirven para recordar hechos fundacionales de una cultura. Tampoco porque a veces sea caprichosa y se mueva por el espacio con igual facilidad que las temporadas por los escaparates, sirviendo así a una continua renovación de capital e inversiones. El caso más clarificador es la apropiación del propio tiempo, del pasado o del futuro, que indirectamente supone un dominio solapado del presente.

Algunas iniciativas responden ante tal situación de deterioro de lo urbano con acciones de apropiación forzada. Estas acciones generalmente violentan alguna ley o decreto en nombre de un derecho de rango superior recogido en cartas magnas o declaraciones universales. Sirven así para denunciar injusticias u omisiones del sistema, cuando no el sistema en sí y tienen como motivo básico de celebración la ciudad como lugar de encuentro y compromiso.

Ser consciente de las distintas caras que toma la apropiación en la cartografía de la ciudad nos permitir valorar cuáles de estas manifestaciones son reivindicaciones legítimas de visibilidad o de ensanchamiento de la ciudadanía y cuáles tienen como objeto borrar o erosionar lo heterogéneo y dificultar la convivencia. Esta es una condición necesaria para convertirnos en agentes activos de lo urbano, en ciudadanos voluntariamente responsables de nuestra ciudad.

Las distintas formas de apropiación conducen inevitable a un encuentro difícil cuyo escenario es la ciudad. La relación entre ellas provoca situaciones de muy diversa índole. La convivencia fructífera, la tolerancia pasiva, el conflicto abierto, la exclusividad y la exclusión son manifestaciones últimas de la presencia de lo heterogéneo reguladas por distintos mecanismos de control y poder. La negación de lo otro a pesar de su irrefutable presencia está en la base de la purificación de la ciudad. La aceptación, difícil pero fructífera, en la capacidad para abarcar una realidad que nos interpela. Y no debemos olvidar que no es ajena a todo este proceso la implicación personal y directa de cada uno de los ciudadanos en el gobierno y definición de su urbe.

La manera que los modos de apropiación tienen de relacionarse entre sí en el espacio urbano marca el grado de encuentro o desencuentro de los distintos grupos que conforman una sociedad. Dichas relaciones están condicionadas no sólo por la pugna por controlar un determinado ámbito, sino que en la mayoría de ocasiones se apoyan en factores vinculados a nuestro inconsciente más emocional: el miedo, la ignorancia, el desarraigo, la protección. Ante tales mecanismos sólo cabe analizar las condiciones objetivas para desenmascarar temores sin fundamento y, lo que es más importante, las razones ocultas tras los mismos, que suelen estar vinculadas a una perpetuación del statu quo establecido.

Las formas de expresarse dicha relación pueden ser medidas según el grado de coexistencia o incompatibilidad. El espectro se abre desde la convivencia pacífica hasta la exclusividad y la exclusión. Entre estos dos polos se podrían colocar aquellas situaciones de conflicto que, en medio de un difícil y tenso equilibrio, aún no han inclinado la balanza hacia uno u otro lado.

La convivencia puede asumir caras muy distintas. La mutua cooperación, en que distintos grupos se implican en la construcción de la ciudad, es la más beneficiosa pero también la más infrecuente. Más usual es aquella forma de compartir el espacio en que simplemente elijo no atender en exceso a la existencia del otro. En el extremo más perverso, esta convivencia puede esconder profundas desigualdades y represiones ocultas en un pastoso y obsceno apaciguamiento.

El conflicto admite la existencia de lo distinto, aunque se haga de manera beligerante. Es, por tanto, el primer momento en que exigimos una visibilidad negada hasta entonces o en que reconocemos tal existencia, aunque sea de nuestro desagrado. Es también el momento en que se toman las decisiones que en el futuro marquen el desarrollo de dicha coexistencia. En este sentido podemos afirmar que los conflictos suponen un reto que genera movimientos de cambio y transformación.

La exclusividad es el extremo de la negación del otro en la construcción de un mundo alejado de toda heterodoxia. Este mecanismo, tan utilizado en otras épocas en la definición del espacio urbano representativo de la ciudad, ahora tiende a replegarse hacia sí mismo en comunidades aisladas del contexto y que sólo buscan el beneficio de su cercanía en ocasiones puntuales. Sin embargo, la exclusividad tiene también su versión de cultura de masas como señuelo del consumo. La nueva ciudad así nacida fomenta la fantasmagórica ilusión de que sus habitantes entran en la aristocracia de lo cotidiano con el solo pasaporte de un fetiche adquirido en los templos de redención de nuestra depauperada ciudadanía.

La otra cara de esta moneda es la exclusión a la que se somete a todos aquellos que no pueden o son admitidos a formar parte de este juego. Los guetos y los mitos que albergan son la consecuencia de esta marginación. Pero también, y ante la creciente privacidad de los espacios públicos, la conquista de la calle, la que queda aún por compartir, que se convierte así en objetivo de presencia, disfrute y dominación, ante la desconfianza de los integrados, que siempre intuyeron que la calle es de quien no tiene mejor sitio donde caerse muerto.

Esta es la apuesta principal del presente trabajo: el individuo, cada individuo, puede ser agente activo de la construcción de la ciudad, de manera personal o conformando redes de ciudadanos dispuestos a emprender esta tarea. Este protagonismo del individuo no niega la existencia de los grupos identitarios. Antes al contrario, trabajar a partir de los mismos es la única forma de reconocer diferencias y heterodoxias y, por tanto, de salir de nuestro propio ámbito para encontrarnos con los otros y descubrirnos semejantes. Así, la construcción de la ciudad podrá asumir el rostro bicéfalo de la modernidad arriba expresado: el orden y la universalidad –el proyecto irrenunciable de la justicia- al tiempo que el desorden y lo particular de cada ser único. Esta idea, utópica, sólo puede ser desarrollada fragmentariamente, pero sus resultados son sin duda esperanzadores en la formación de ciudadanos libres y regidos por un común sentido de la convivencia.

¿Cómo provocar esta acción? ¿Cómo hacer que cada ciudadano construya ciudad? ¿Dónde encontrar las huellas de estos mecanismos? Ante una realidad desbordante y compleja como es la metrópolis contemporánea, alejada ya de la GroßStadt, no valen las herramienta inventadas por el urbanismo del Movimiento Moderno. Incluso su representación objetiva resulta problemática en unas circunstancias en que sólo el tiempo es capaz de construir, uno por uno, para cada individuo, una cartografía subjetiva que represente nuestra percepción de la metrópoli. Como indica Ignasi de Solá-Morales, “de esta extrema subjetividad, es difícil escapar. Lo logran [algunos] artistas, al ser capaces de hacer universal, y por tanto en algún sentido transmisible una experiencia particular” . Lo que hacen cuando diseccionan la ciudad contemporánea no es sólo, como el mismo autor defiende, mostrárnosla “en sus caras ocultas, en su perversidad y violencia, en la pastosidad de las ideologías pacificadoras y en la inconsistencia de sus objetos de deseo” sino, sobre todo, invitar a una ciudad –otra, soñada, mejor- posible. O al menos digna del fracaso.

Jorge G. de la Cámara.

Quisiera dar las gracias a Maurici Pla, tutor de este ensayo, por sus comentarios, apoyo y guía. A los profesores y compañeros de Metrópolis. A mi familia y amigos de Barcelona. Y muy especialmente a Manuel Calzada Pérez por su incondicionalidad y generosidad extrema.

Texto registrado en la Propiedad Intelectual de la Generalitat de Catalunya.