Existe algo conmovedoramente inocente en la idea moderna de la vivienda como máquina de habitar. Tras la concepción del paquebote como “manifestación importante de temeridad, de disciplina, de armonía, de belleza tranquila, nerviosa y fuerte”, tras la mirada seria del arquitecto que ve en el paquebote “la liberación de sus malditas servidumbres seculares”, tras la concepción de las creaciones de la técnica maquinista como “organismos que tienden a la pureza y sufren las mismas reglas evolutivas que los objetos naturales que suscitan nuestra admiración”, por contraposición a quienes están corrompidos por un arte confundido con respecto a la decoración, a quienes han producido “un desplazamiento del sentimiento del arte, incorporado con una ligereza de espíritu censurable en todas las cosas, a favor de las teorías y de las campañas llevadas a cabo por los decoradores que ignoran su época”, está la vena revolucionaria, la creencia en la capacidad para transformar el mundo. Existe un camino recto y el arquitecto moderno, con el don de la clarividencia, se lo mostrará a quienes le rodean, transformando la realidad. El arquitecto cínico ya ha caído de la silla. Su campo de actuación es la realidad, tan imperfecta como quepa imaginar. Su misión será la de analizarla y extraer de sus imperfecciones los mejores frutos hasta lograr transformarlas en virtudes. ¿Quién pudo ser tan ciego como para soñar que la sociedad podía estar animada por un espíritu de perfección?
La línea que separa a Le Corbusier de Koolhaas, está justo ahí, en el utopismo, en la inocencia. Es la línea que separa al arquitecto moderno del arquitecto moderno cínico.
La cuestión del moderno arquitecto cínico es una cuestión de ojo, de mirada, si para la sociedad lo único importante es el tamaño, lo inmenso pasará a ser necesariamente su campo de ocupación, donde la primera traduzca m2 en dinero él los convertirá en cualidad, en espacio. Su campo de actuación es una especie de entorno en camuflaje, explora lo anodino, allí donde los demás no ven nada, en busca de un concepto, de una idea que sólo se tornará evidente cuando él la haya sacado a la luz. Hasta un McDonalds es una obra digna de consideración para él. Hasta los centros comerciales son una clara invitación.
Como sucede en el hipermercado Baumaxx en Maribor de Njiric+Njiric, el techo, los m2 y m2 no arquitectónicos de superficie cubierta que la fuerza cegadora del hábito torna invisibles, una vez que el moderno arquitecto cínico repara en ellos, son la oportunidad perfecta para construir una alfombra verde, incluso si al final no es posible conseguir que los usuarios accedan a ella, las cualidades reflectantes de un insignificante elemento de catálogo transformado por acumulación en material sensible, la oportunidad perfecta para redimir el decorativismo con que alterar una fachada impuesta con la que no parece estarse muy a gusto.
Como el mendigo que recorre los contenedores de basura buscando lo que otros consideran carente de valor, el moderno arquitecto cínico escarba en el estrecho margen que se mueve entre lo banal y lo complejo, entre lo estúpido y lo sagaz, a la búsqueda del concepto, de la diferencia.